Bella muerte en la antigua Grecia

“No, no puedo concebir morir sin lucha ni sin gloria (akleios), sin realizar siquie­ra alguna hazaña cuyo relato sea conoci­do por los hombres del mañana”. (Ilíada, XXII). Con estas palabras Héctor acepta su muerte bajo las armas del guerrero Aquiles en la que, tal vez, es una de las obras más representativas de la literatura Griega: La Ilíada.

Para los hombres de la Grecia antigua, mo­rir en combate en la flor de la vida confiere al guerrero difunto, tal como haría cual­quier rito iniciático, cierto conjunto de cua­lidades, virtudes y valores por los cuales, a lo largo de su existencia, compite la élite de los áristoi, los mejores. Esta bella muer­te (kalos thánatos) confiere a la figura del guerrero caído en la batalla, a manera de una revelación, la ilustre cualidad de anér agathós, de hombre valeroso, osado.

Quienes hayan pagado con la vida su des­precio al deshonor en combate, a la ver­gonzosa cobardía, tienen garantizado su nombre en los anales de la historia. Y es que para los griegos, la bella muerte es­taba íntimamente ligada con la muerte gloriosa (eukleés thánatos). Mientras el tiempo sea tiempo, persistirá la gloria del desaparecido guerrero y el resplandor de su fama, kléos, que en lo sucesivo adornará su nombre y su figura, representa el último grado del honor.

Recordados por la eternidad

En las culturas antiguas como la china y egipcia, el culto a los muertos es un sím­bolo de unidad familiar. En China, en los aniversarios de los finados, se quemaba in­cienso, se encendían candelas y colocaban ofrendas de alimentos sobre un altar. Eran los días en los que se recordaban las gran­des deudas que se tenían con los antepa­sados.

Por su parte, los egipcios creían que el indi­viduo tenía dos espíritus. Cuando alguien fallecía, uno iba más allá y el segundo se quedaba en el espacio; por eso conserva­ban los cuerpos de los finados. Tenían la convicción de que el espíritu vivía en el cuerpo resguardado, de esta manera el espíritu podía recibir las ofrendas que los familiares les brindaban.

La muerte viene silbando

Un equipo de investigadores mexicanos logró reproducir el sonido del “silbato de la muerte”, un instrumento en forma de calavera que se utilizaba en las ceremo­nias mortuorias de las antiguas culturas mesoamericanas. Los científicos del Insti­tuto Nacional de Antropología e Historia descubrieron, además, que si se tocan dos silbatos de la muerte de forma simultánea se genera en quien los escucha estados al­terados de la conciencia, psicodélicos y alu­cinógenos.

Y en la edad media…

Cuando un habitante del pueblo moría, los familiares debían guardar luto un año completo. Para ello, debían vestir prendas en color blanco pues el negro era el color de la aristocracia. También existía la figu­ra de las plañideras, mujeres que se unían a los cortejos fúnebres para llorar a los fi­nados. Por supuesto que entre más impor­tante fuera el difunto, más plañideras lo acompañaban hasta la que sería su última morada.

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