Se ha hablado mucho de la psicología del mexicano y de su miedo a la muerte, así como de su habilidad para hacerlo evidente a través de la infinidad de chistes y sarcasmos relacionados con el tema. Asimismo, de su falta de responsabilidad como indicador de indiferencia (pero indiferencia también ante la vida, como lo dijo Octavio Paz) o de la negación del hecho de que todos tenemos que morir.

Irónicamente, de pronto el hombre se vive tan preocupado de su muerte que no se ocupa de vivir, y eso es una ver­dadera tragedia. Esta preocupación no deriva en dejar las cosas en orden: hacer un testamento o sanar las viejas he­ridas, más bien se aprecia en una ansiedad tremenda al darse cuenta de que estamos solos y nada nos pertenece.

La mayoría de la gente enfoca toda la ener­gía en el cúmulo de cosas y relaciones de diversos tipos, que muchas veces no pro­ducen placer y se entablan sólo por sentir que algo es nuestro o que a algo pertene­cemos. El hacer todo el trámite emocional y de papeleo necesario para reconocer que esta vida se acaba, implica también reco­nocer que nada nos pertenece y que so­mos prescindibles, y eso duele y angustia cuando no se ha reflexionado ni aceptado.

Hago la invitación a dedicar un día de nues­tra cotidianeidad a pensar con claridad y a detalle (escribirlo de preferencia) lo que deseamos respecto al procedimiento post mortem: tomar decisiones, saldar cuentas y realizar trámites. Por otro lado, lo referen­te a los “asuntos del corazón”: atar cabos sueltos que nos perturben, realizar aquellos sueños olvidados o aplazados, expresar las palabras necesarias o acariciar a nuestros seres queridos.

Como dice la sabiduría popular, el que se va descansa en paz, en cambio, el que se que­da, además de superar su duelo, tiene que saldar deudas (cuando las hay) o lidiar con una gran gama de sentimientos negativos cuando no se repararon vínculos afectivos o emocionales. Si uno ama a sus seres queri­dos, es un deber humano procurar su salud mental tras nuestra partida.

En el mundo actual, irse sin deudas y con las decisiones claras respecto a lo que con­cierne a las cosas de la tierra, es de mucha ayuda para los que continúan, por ejemplo, para preservar la unidad familiar, elemento que se ve sumamente afectado.

Cabe recalcar que al tomar este tipo de previsiones no se está tomando una actitud fatalista. Debemos poner un alto a esa falsa creencia de que al planear la propia muerte o invitar a alguien más a hacerlo se le está deseando el deceso. Como si aceptar la realidad fuera una cruel ofensa.

Más bien se trata de ser congruentes: si es un hecho que la muerte va a llegar, es impor­tante respetar y otorgarle el valor que me­rece la vida bien vivida. Para lograr esto se debe involucrar el cuidado de nuestra salud emocional, física y mental. Cada quien tie­ne derecho a vivir el duelo de la manera que mejor le convenga, y por lo tanto, también tenemos el deber de respetar la vivencia aje­na sin juicios y sin burlas.

Y como dijo André Malraux (1901-1976), novelista y político francés: “La vida sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”. Aprovechemos la muerte para reflexionar que, con ánimo de no dejar problemas, habremos de tomar en todos los sentidos las previsiones necesarias.

Lic. Nora María de Guadalupe Ponce Vega
Psicóloga egresada de la Universidad Intercontinental
noraterapiacuantica@

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